Los dichos de Diego Maradona tras el partido con Uruguay
conducen a un agobio moral rayano con el hartazgo. Se ganó un trascendente
aunque pasajero partido de fútbol y se perdió largamente en el duradero terreno
de la educación, el respeto y la autoridad.
Eva Giberti, en una magistral conferencia dictada días
pasados en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho de la UBA, decía que
"autoridad", significaba "ser garante".
Un conductor de grupos que ejerce su liderazgo debe
garantizar antes que nada el respeto y la armonía entre los suyos y con los
demás. Luego de ello, si además se pretende eficiencia, debe agregarse la
coherencia, el conocimiento y el arte en la transmisión de conceptos.
La Argentina supo tener recientemente una generación dorada
de entrenadores como Rubén Magnano, Julio Velasco, Sergio Vigil, José Néstor
Pekerman o Marcelo Bielsa que enseñaron desde su prudencia, recato y sapiencia.
Con todos esos elementos el deporte educa. Si bien desde la
informalidad, la deportividad -aun en la versión espectáculo- es escuela para
niños, jóvenes y adultos que ven en muchos formadores y atletas ejemplos de
superación, coraje e hidalguía.
Estos conceptos aunque aparezcan abstractos no lo son y ello
fue advertido desde antaño por Carl Diem, quien alguna vez expuso que la
Argentina tenía en el fútbol una formidable herramienta educativa.
Pues bien, Maradona acaba de confirmar lo que se presumía
desde un principio. Esto es, no estar preparado para desenvolverse en ninguna
de las facetas que exige ser entrenador. Su notable incapacidad para ceder
protagonismo, su personalismo extremo y su sed de revancha han prevalecido
incluso sobre el esperado triunfo de sus muchachos.
Desperdició así la posibilidad de un acto de contracción o
un silencio decoroso que hubiera potenciado su perfil y desenrollado la costosa
alfombra a Sudáfrica.
Así ignoró preocupantemente la responsabilidad social que su
cargo conlleva y la dañina repercusión de sus dichos.
Maradona jamás ha ejercido su rol, festeja como jugador,
protesta como hincha y denuesta con vulgaridad a quien no lo aprueba,
demostrando no haber comprendido nunca que es ser el director técnico de la
Selección Argentina. Un cargo que está mucho más allá de una persona y que
representa la investidura de quien conduce el deporte más popular de los
argentinos.
Los periódicos internacionales tomaron rápida nota de este
nuevo exceso, ensalzándose en los groseros términos en los que se dirigió a la
prensa. Así agitó nuevamente el terreno de la confrontación innecesaria y de la
mordaza a las críticas -cualquier similitud con la forma de gobernar nuestro
país es pura casualidad- que a nada conducen.
Todo así se reduce al uso del poder que otorga una azarosa
victoria, sin vislumbrar jamás la construcción de futuro. Es más podría decirse
que el tema que encegueció al otrora diez, resulta indiferente a la mayor parte
del público y que la desmedida reacción sólo logró alimentar el morbo de la
detracción.
Qué grato hubiera sido reconocer que nunca jugamos bien, que
nos equivocamos mucho, pero que vamos a esforzarnos por mejorar. Pero no, una
vez más, la falta de autocrítica y la sinrazón pudo más.
Salvo la honestidad brutal de Juan Sebastián Verón, el resto
de los jugadores repitió el discurso oficial, quizás para no volver a ingresar
a la incierta ruleta de los excluidos.
Si en algo ha contribuido la gestión de Maradona, es a
derribar ciertos mitos, como el de la escasa influencia de los técnicos sobres
sus equipos y aquel otro de que un triunfo puede justificarlo todo.
Por lo demás, la patética imagen de un desencajado Bilardo
celebrando junto a su pigmaliónica criatura en el centro del verde césped, es
propia de una pesadilla kafkiana de la que no se puede volver sin la carcajada
cómplice de Grondona.
Si fue difícil deglutir el inexpresivo juego del
seleccionado argentino, las palabras postreras de su técnico llevan a una
indigestión revulsiva.
Humildemente, Sr. Maradona, con todo respeto a su enorme
trayectoria como jugador y sin que lo tome a mal: usted ya no representa a gran
parte de los argentinos. Por respeto a su gente y sobre todo a usted mismo,
adjudíquese el pase a Sudáfrica y vuelva victorioso a su casa, donde podrá
decir en pantuflas lo que le venga en ganas.
El deporte se lo agradecerá.
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*) Especial para "Río Negro"
(*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física
marceloangriman@ciudad.com.ar
|